El acercamiento al Yoga vino producido por la carencia de respuestas en persona que encontraba para satisfacer unas preguntas que me intrigaban desde niño. ¿Porqué soy como soy? ¿Qué es el mundo y la vida? ¿Para qué me han traído a este planeta? ¿Qué quiero hacer con mi vida? ¿Hay libre albedrío o todo está destinado? ¿Es posible ser feliz? ¿Porqué existe el sufrimiento? ¿Cuál es la causa de existir?. Buscaba por aquí y por allá, un poco perdido. Mientras las respuestas se acercaban, intentaba realizarme profesionalmente y como persona... Aún creía que la felicidad vendría con la consecución de los deseos sociales de felicidad. Entre otras cosas, yo quería ser reconocido, rico, admirado, que se hiciera mi voluntad, ser dueño de mi mismo, ser famoso, ser guapo, ser especial. Daba tumbos. Me habían mentido todos sin saberlo.
Hace trece años después de muchos libros encontré la escuela Shadak, dónde Ramiro Calle imparte enseñanza. Por primera vez tuve la sensación de que allí, o en cualquier otro lugar dónde un hombre tranquilo fuera capaz de decir “haced cualquier pregunta, de cualquier tema, si lo deseáis”, había un maestro. Y yo llevaba buscando algo parecido a un maestro. Lo tomé como tal. Unos días después en clase le hice la pregunta: “Ramiro, ¿porqué el mundo es?”. El se rió y dijo “¿y porqué no tienes un ojo en la nuca?”. Esa respuesta abrió la puerta de que comenzara la deseducación de uno mismo.
Durante algunos años fui alternativamente a sus clases mientras leía por otros lados e intentaba practicar. En casa buscaba sin maestro observando mi cuerpo en las posturas y con unos minutos de meditación tormentosa. Poquito a poquito ese sistema de enseñanza se me revelaba como algo mucho más trascendente y elevado de lo que imaginaba que era. Con el tiempo no me cabe duda. Yoga es más que una práctica. Yoga es camino a Ser.
Mientras tanto y después de muchos intentos y esfuerzos me sonó la flauta como actor. Seguía siendo un normal chico de barrio con las preguntas y neurosis habituales, pero ahora había llegado a priori al éxito profesional que buscaba desde niño. El mundo me veía –y a veces yo mismo me veía – como alguien joven, guapo, rico, famoso... Al principio te deslumbra unos meses, luego te deja perplejo todo lo que cambia el mundo a tu alrededor, en poco tiempo te acostumbras y una tarde te sorprende la rueda de la insatisfacción. El chasco. No había nada sagrado detrás de la puerta de ese éxito. Me dí cuenta de que mucha gente busca la alegría perenne detrás de puertas que no ofrecen nada más que sed. Pero yo tenía dos ventajas con mi vida de actor: tiempo y dinero para buscar. Me dediqué a viajar.
En Varanasi buscaba al maestro yogui de los cuentos para que me diera secretos de felicidad eterna. Era un gurú largo y huesudo de edad indeterminada que vivía en una tienda de instrumentos musicales. Le llaman Rishigurubaba y una señora en el hotel me pasó un papelito con su dirección a orillas del Ganges. Después de que el gurú me mirara un rato en silencio, absolutamente atento y como si le diera completamente igual, me dijo muy despacio: ”What do you want?”. La pregunta se me hizo tan grande que no supe qué era lo que yo quería. En general. Era eso. No sabía lo que quería. No sabía ni quién lo quería.
Estuve un tiempo yendo a verle. Me dijo cosas, sobre todo de mi cuerpo, que con el transcurso de los años voy comprendiendo con la práctica. Supongo que sembró y crece solo. El gurú huesudo de Varanasi abrió la caja de pandora de lo bueno y de lo malo. Busqué y busqué. Yoga físico, yoga mental, lecturas, internet, enteógenos, psicólogos transpersonales, chamanes, aviones y viajes en soledad por el mundo... Latinoamérica, Marruecos, Japón, India, Nepal, Tailandia, América, Europa. Un día me dí cuenta de que daba igual el decorado. Tenía que comprender al personaje que yo creía que era. Tenía que comprender el género de esta función que es vivir. Tenía que fundirme con el autor de la farsa.
Por aquellos años, y hoy, hago de actor. Es la paradoja de que mi trabajo consisten en asumir identidades de otros. No supe al principio que mi trabajo formaba parte del camino del autodescubrimiento . Todavía me sorprende como esta faceta de mi vida también creció por si misma solo ayudada por el deseo. A medida que actuaba aprendí por dos vías. Una, la de cómo se transforma la idea de uno mismo con la popularidad debido al radical cambio de la mirada del resto de la gente con la que traté: Todo es relativo. Toda idea es dependiente. No somos lo que la gente cree de nosotros. No somos lo que nosotros creemos que somos. Y la otra paradoja fue miles de veces realizada al hacer de otras identidades con toda la veracidad posible: actuar. Eso ha sido mi Yoga del cuerpo.
Así que lo que creía que “yo era” estaba empezando a tambalearse. Seguí asistiendo a clases de yoga y buscando y practicando varios tipos de yoga por mi mismo. Pero tenía sed de otros modelos, así que busqué más profundamente y mejor en los libros: Krishnamurti me enseñó a el pensamiento. Yoga de la mente. Castaneda me dijo que otras realidades explican esta realidad y me abrió la mente a otros modelos de existencia. Yoga del Sueño. Ramana Maharsi me hizo callar y asentir. Yoga de la devoción. Ken Wilber me regaló un modelo de explicación de la realidad que me hizo consentir y ceder. Yoga de la sabiduría. Y busqué por todos lados en lo claro y en lo oscuro en ese monstruo tan humano llamado internet. Toda la sabiduría de la historia a golpe de ratón. Y entonces llegó Jodorowsky. El actor encontró al actor, el aprendiz al mago, el iniciado al chamán y el racional al sabio. Algo abrió el loco y llegó el mundo.
El camino del crecimiento y el descubrimiento de uno mismo no es algo sencillo, ni divertido ni sin esfuerzo pero lleva a la sencillez, a la diversión y a la acción natural. El objetivo del camino del crecimiento no es un sitio al que se puede llegar. Tampoco es un estado definitivo después del cual no hay cambio. Este camino no es sólo el descubrimiento de tus bondades interiores y el conseguir objetivos vitales; también es el duro darse cuenta de las sombras propias y ajenas. Es el que nada de lo que es humano te sea extraño o ajeno. Es asumir el baile del dios interior con el demonio interior. Pero es verdad, es útil y es muy interesante. Nada me parece más intrigante que la propia intriga de existir.
El trabajo del actor está lleno de cosas maravillosas y de enormes riesgos para la propia personalidad. De entrada, un actor es un “modificable” que entrega su propio pensamiento, su cuerpo, sus emociones y sus deseos al servicio de un personaje al que interpreta. Esto para mi es la interpretación más efectiva y mágica a la vez. La entrega del actor hacia el personaje le influye –consciente o inconscientemente- en la propia identidad. El Yoga ayuda mucho en el proceso de disolución de la identidad personal en el trabajo. La interpretación y el yoga son caminos perfectos y compatibles para despertar las capacidades del practicante. Uno que practique Hatha yoga y un actor trabajando en el teatro tienen muchos puntos comunes. Con ambas prácticas combinadas se puede llegar al conocimiento y control tal del propio cuerpo físico que permite liberarse de él. Un yogui meditando y un actor actuando buscan la liberación de la mente. Con ambas se puede llegar al conocimiento y control de los propios pensamientos para conseguir un silencio de la mente que permita la claridad del intelecto. Con la combinación de ambas puedes conseguir el conocimiento y control de las emociones que sientes. El trabajo de la respiración como director de las emociones permite una educación emocional que libera del “fingir” a quién lo practica. El conocimiento y control de los deseos (propios y/o del personaje) deja claro la tendencia de la persona y los objetivos finales de su existencia.
Como anécdotas personales os cuento que el camino del Yoga más profundo permite al intérprete no ser esclavo de los nervios en esos momentos de exhibición multitudinaria y juicio sumarísimo (de uno mismo y de los demás) que supone un estreno en cine, una función de teatro o una emisión televisiva de tu trabajo. En algunos estrenos teatrales, al principio de mi carrera, he usado técnicas de respiración para tranquilizarme y sentirme seguro. No hay sitio más inseguro para la propia personalidad que el escenario. Sin embargo, en ocasiones llego a sentirme –aún en escenas de alta carga dramática- completamente tranquilo y desidentificado del personaje que en cierta medida “se actúa solo”. Con la práctica, observo los propios nervios como la energía vigorizante que necesito para que la entrega y el placer de actuar sea máxima. No entras en estado de ansiedad, no dejas de controlar la emoción, los pensamientos no te vuelven loco y así puedes siempre saber, decir y sentir el texto de la obra que estás representando. Cedes a que el personaje hable a través de ti al ceder todo lo que defiendes. En fases posteriores más mágicas, el actor es capaz de experimentar la función como una unidad sin distinción en la que tu personaje y los demás, el escenario y la sala, el público y la música se perciben como un “todo” impersonal. Entonces, el artista ve que el arte es sagrado cuando el artista desparece y aparece la obra en si misma. Con la vida funciona igual. El teatro es espejo y práctica de vidas. De hecho, la vida es la interpretación del propio personaje que es uno mismo. Por eso se pueden utilizar técnicas de interpretación para conocerse, comprenderse, quererse, perdonarse y guiarse a si mismo de la manera más útil posible.
Hay actores que son tímidos patológicos y exhibicionistas compulsivos. Son inseguros y, a la vez, presuntuosos. El público los desprecia y los idolatra simultáneamente. Hay que aceptarse mucho para enseñarse y, sin embargo, se muestran escondidos tras sus personajes. Te puede venir una ovación o un tomatazo. De los actores se dicen halagos inmerecidos y críticas mentirosas en los medios de comunicación. A los actores se les ponen nombre de calles y se les olvida en la soledad del vagabundo. Muchos actores son muy soberbios y, por ello, se entregan humildemente. Pueden memorizar horas y horas de textos, y a veces se les olvidan las llaves de casa. Todo el mundo les conoce y ellos no conocen a casi nadie. Son ricos y en un rato, no tienen para comer. Tienen delirios de grandeza en su propia insignificancia. Muchas veces los extremos en ellos están unidos. Por ello es bueno para que el equilibrio no se rompa y traiga sufrimiento que el actor se comprenda, se trabaje, se controle y se acepte. El mejor sistema que la humanidad a creado en la historia de las civilizaciones para conseguir ese equilibrio es el Yoga. El Yoga sagrado, el que todo lo comprende en su modelo multidisciplinar que pretende la Iluminación como fín último de la existencia. El Yoga es el camino a Ser.
El Centro que fundé con unos amigos en el 2006 propone el Yoga como camino base. Abiertos a todas las tradiciones que puedan resultar de utilidad, intentamos ofrecer varios sistemas por los que las personas interesadas puedan evolucionar cada uno a su ritmo. Tres vertientes simultáneas, cada una de ellas completas en si misma, pero más efectivas en su combinación: Meditación, Yoga, Psicología. Apoyados en vertientes chamánicas, transpersonales, artísticas, espirituales. Todos los sistemas son buenos. No es necesario ningún sistema para despertar. Ya estamos despiertos. Solo tenemos que darnos cuenta. Un abrazo.
Mariano Alameda |