Pequeño niño asustado que has aparecido de repente como a los tres años y te has mantenido asustado entre la felicidad y la desdicha:
Has venido para negar a quien te vive la posibilidad de ser si mismo. Le dieron un nombre a tu cuerpo y te crees que te llamas así. No eres tu nombre. De hecho, solo en ti están los nombres de todos. Pequeño niño asustado: no eres más que un problema o un programa creado por ti mismo.
Mantente feliz en la memoria: no te necesitas más. Ser es tan grande que te cabe en la totalidad. O No. O Si. Todo es un modo de encaje. Has de saber, pequeño niño que ese susto que tienes a veces será en un momento lejano tu mejor aliado, tu más cercano amigo, el recóndito rincón de tu alma que te transportara a un paraíso. Ese silencio que oyes, pequeño niño, es el recuerdo de tu alma inmortal, que grita esperanzada para que seas consciente de tu finitud, y asombrado por esa paradoja de ser para no ser, descubras tu verdadera identidad. Escucha niño, eres sin ser del todo, porque aún no te has hecho a ti mismo. Y después de hacerte, pequeño niño, deberás ser deconstruido, deseducado, desubicado y desidentificado. Entonces, pequeño niño, verás como ese silencio es quién te acuna, y en sus brazos te sientes perfecto y protegido para siempre y entonces podrás soñar que vives, y estarás liberado de tu camino. Pero para prescindir del miedo, tendrás que bailar pegado a él.
Has de saber, pequeño niño, que el sendero por el que viajas estará lleno de momentos variables, en los que nada perdurará, en los que tendrás que aprender a ir renunciando a todo. A todo, pequeño. No creas que es malo, es porque aún no sabes ser aliado del cambio, para perdurar en lo inmutable. No puedes saber, que eso que crees que es malo, es porque no lo entiendes todavía. No te das cuenta de que eres un péndulo porque todavía estás tan lejos del eje que oscilas hacia acá sin saber que volverás hacia allá. Día tras día seguirás intentado entender por qué las cosas suceden e irás ampliando tu conciencia. Sin perder nada, solo cambiando, solo mutando en ti mismo a medida que los golpes y las alegrías van creando tu realidad. Pequeño niño ingenuo: solo quieres que te quieran y saber a quién querer. Tranquilo, pequeño, todo está bien.
Es tu proceso inexplicable, viajas hacia ti mismo a la velocidad a la que el mundo gira. Aun no sabes quién eres porque te han mentido todos sin hacerlo. Y te mentirán todos sin saberlo: los amigos, las amantes, los parientes y los extraños. Los profesionales te mentirán todos diciéndote sus verdades, todos ignorantes hasta que te veas en su verdad. Te mentirán con grandes y conocidas mentiras, como que has nacido, como que te mueres, como que hay un antes y un después, como que hay un Dios lejos de ti. Y como la ilusión de los niños es lo primero, te daremos un mundo ilusorio. Como no sabemos qué hay que enseñarte, en el intrincado caos del momento a momento, te enseñaremos las mentiras que nos contaron de niños, porque todos somos niños que crecimos regular.
Y así, un día descubres que hay grandes mentiras que mantenemos entre todos. Grandes, gigantescas, brutales mentiras que nos repetimos unos a otros porque nos da pavor mirarnos con los ojos reales de seres que no saben que hacen aquí en este tiempo en este cuerpo.
Te harán creer que eres tu cuerpo pequeño, pero no te das cuenta de que las uñas crecen sin que nada hagas y que ni siquiera conoces ni controlas para que sirve tu cerebro. Te harán que creas que eres lo que piensas pero no te das cuenta de que los pensamientos surgen automáticos y luego tú, pobrecito, te haces responsables de ellos. Te creerás que eres las emociones, pero es porque no ves que las emociones que te embargan no las puedes decidir y que son ellas las que te llevan a ti y no tu a ellas. Ni siquiera serás, aunque lo creas, lo que deseas, porque aún no has visto las cadenitas que te están empezando a atar.
Aún pasarás un tiempo hasta que estés libre del apego y la aversión. No puedes decidir lo que te excita ni lo que odias. Dependes del estímulo.
Creerás, pequeño niño que eres eso que tus padres te dicen que eres porque su mirada te define. Cuando seas mayor y más sabio, te darás cuenta de que te tragaste a tus padres y los almacenaste en tu pensamiento y en tu corazón para que te quisieran sin condiciones. La identidad es lo que imitas y lo que rechazas. Te estas creando un programa de ordenador llamado "yo" que es, básicamente, un subproducto del miedo. Con ese programa creas el tiempo y el espacio. Tranquilo niño, podrás comprenderlo y superarlo. Azuzado por el sufrimiento te empezarás a buscar. O quizá consigas todo lo que deseas y eso será un problema que te hará de espuela para indagarte. O alguna pérdida te desespere y te haga alzar la cabeza y mirar más allá. Pobre niño que te ríes de quién no sabes que eres tú. A ti mismo dañas con tu crítica. Has de saber que los defectos que ves fuera de ti, solo puedes verlos porque los llevas dentro. Has de saber, pequeño que no sabe, que lo patético de los demás es lo patético que eres. Has de saber, inocente, que todo eso que odias en los demás es lo que no soportas de ti mismo. Has de comprobar, inexperto, que los insultos que más te duelen son los que aciertan con la imagen que te han impuesto de ti mismo. Has de saber, recién llegado, que pretendes ser popular, que lo que los demás piensan de ti, solo tiene que ver ellos, porque a quién critican en sus ofensas es a si mismos. Esos niños que te dañan y te dicen eso que no quieres ser, son capaces de reconocer su miseria en el espejo que los representas y quieren tu mal porque no se conocen. Siéntate, para, medita y atiéndete. Empuja la pared del vagón del tren que te lleva a la estación de ti mismo y piensa que eres tú el que conduces el incomprensible tren.
Pequeño niño: un día de hoy verás que eres el fruto de un árbol.
Primero debes ver que eres la hoja, luego serás la rama, luego todo el árbol, por fin el bosque, la montaña, la tierra y todas las estrellas nada más. Te expandirás tan lejos que te olvidarás de ti mismo, y entonces te conocerás. Como todos los demás. Aun eres un pequeño que no sabe que no sabe y se deja llevar. La esperanza de controlar es lo que te impide el control. La realidad que ves es la realidad que eres. No necesitas el recuerdo de un yo que no tenía el control. No estás separado del mundo. No estás separado de los otros. Ni siquiera estás separado de ti. El mundo es tu autorretrato. Nos dijeron por milenios la verdad. Siempre escondida, siempre a gritos. Porque sólo puede entender el que entiende y para entender no hay que saber.
Pequeño niño: tu identidad es lo que te respira. Mírate, estás ahí, eres el equilibrio sin equilibrista, bailando sin bailarín, oscilando sin moverte entre la maravilla y el horror. Atrae la maravilla.
Mariano Alameda
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